Notas Destacadas
Fundación mítica de Tartagal
Cuentan los matacos que un día Nilataj bajó del cielo bajo la forma de un anciano, y que comenzó a caminar por la tierra. Caminó mucho y llegó a un ecosistema milenario, un lugar donde hacía mucho calor. Era una amplia zona boscosa del trópico donde se respiraba un aire enrarecido, diferente al resto de la región. Daba la sensación de ser un lugar eterno, de haber estado siempre intacto allí, como el cielo, el sol o las estrellas, repitiendo siempre y exactamente el mismo ciclo, época seca en invierno y primavera, húmeda y lluviosa en verano y otoño.
Estaba ubicado entre dos portentosos ríos que en su origen habían sido hermanos, uno regando su cabellera al norte, se llamaba Pilcomayo y otro besando sus pies al sur y se llamaba Bermejo. Hacia el poniente, donde jugaban a la siesta los duendes con niños que de día eran corzuelas y por las noches se convertían en estrellas, era custodiado por los ojos bellísimos de unos cerros azules vestidos todos de verde brocato y muselina, que luego, algunos llamarían “yungas”. Ese fantástico lugar de espesa vegetación, originariamente se llamaba Zlakatahyi, que significa en lengua de los wichis matacos, “Nuestra Selva”.
El lugar estaba poblado de ahat, espíritus y hechiceros que viajaban a través del tiempo a la morada de los dioses para consultarlos sobre asuntos terrenales con los que no podían lidiar solos y de pájaros y de hombres que hablaban con los pájaros, en su origen ellos también habían sido pájaros, y algunos animales, luego de un gran incendio se habían transformado en hombres pero les quedó algunas señas particulares y hábitos originarios. Hacia el naciente, expuesta al resplandor de la aurora y a la terquedad de las lluvias, se extendía como un largo bostezo una extensa planicie llana que algunos hombres por ser zona de caza practicada con la técnica de cercar las presas son sonidos y llamas habían llamado “chaco”.